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martes, 13 de octubre de 2026

Del gym al toca-toca

Es genial mover el cuerpo a conciencia y exhibir resultados, pero ojo con el qué dirán y los manisueltos...

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 13/10/2026
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 Caras vemos, intenciones no sabemos.
Caras vemos, intenciones no sabemos. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora). (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

Desde hace algunos meses, a Jorge le ha tocado viajar a Santa Clara por largos períodos para asumir trámites familiares impostergables, una nueva rutina que exige ajustes en nuestra dinámica de pareja y en su ritmo habitual de vida y trabajo.

Tras casi diez años residiendo en la capital, volver a sus orígenes es un desafío, sobre todo emocional. La mayoría de las personas significativas de su pasado ya no están, y tanto por edad como por temperamento, sé que preferiría evitar esos trotes y aferrarse a la inercia sosegada de nuestra casa.

Por suerte, no es un hombre inflexible ni depende de nadie para sobrevivir. Mientras tenga una mesa donde trabajar y una hornilla para hacer café, él se acomoda en cualquier espacio. Claro que echa de menos los mimos de esta servidora, pero no apostaría mi valor contra el del nautahogar prendido las 24 horas, por razones innegables a estas alturas del campeonato.

En su virgoniana estrategia de readaptación, Jojo decidió retomar el ejercicio físico, una rutina que había abandonado a poco de estar en La Habana. No es una meta ambiciosa, apenas unas tandas diarias para sudar sano, conservar músculo y despejar la mente, pero el efecto en su aura es innegable.

En algún momento sopesó la idea de ir a un gimnasio, pero desistió; no sólo por sus precios estratosféricos, sino por el grado de superficialidad, consumismo y competencia que se respira en esos lugares.

Acá es igual, le digo (y en todo el país, por lo que cuentan nuestros amigos de Senti2Cuba). Esos nichos son perfectos para lucir el estatus de nuevos ricos y arrastrar a quienes aspiran a igualar a sus ídolos; los de pantalla y los del vecindario, porque ambas vías son igual de contagiosas.

En los años 90 lo cool era “hacerse santo”: esa vistosa blancura en el ropaje gritaba a leguas el poder adquisitivo y la rebeldía de sus portadores. Hoy la tendencia es el gym (hasta el sobrenombre tiene que ser extranjero), ideal para imponer códigos que estratifican a sus participantes.

¿Está mal tonificar el cuerpo y exhibirse un poquito? Pues no. El asunto es que el ejercicio debería ayudarte a calmar el ego y la filosofía del gym apunta a lo contrario: la ropa, el equipamiento, las zapatillas, los guantes, el palo de selfie… hasta el pomo de agua y los suplementos en su interior van gritando tu capacidad para “invertir” en imagen, más que el interés en el bienestar físico.

A eso súmale la competencia según medio de transporte (lo ideal es motico eléctrica, ya saben), seguidores en Instagram, frecuencia (buen indicador de tiempo de ocio con dinero para gastar) y sobre todo el entrenado y su currículo de ligues: toda una cultura que entumece el cerebro de quienes mendigan la aprobación de sus coetáneos.

¡Ey! No me malinterpreten: no tengo nada en contra de los gimnasios como institución social. Yo también concurrí a ellos antes de concentrarme en el camino del yoga y también iba por el ambiente, más que por los aparatos. Pero siento que entonces era más sano: inspirador sin ser competitivo, pulcro y eficaz sin tanta pendencia ni ostentación en hierros y trapos.

Tampoco me molestan que cobren (sin pago no hay constancia, lo sé), pero no me negarán que en esos precios tan exagerados es evidente la intención de hacerse “exclusivos”, a tono con esos spa, bares y boutiques diseñados para chicas socialités y sus galanes desocupados: puro estilo de los dramas de CEOs.

No voy a arremeter contra esos negocios y sus publicidades, a veces engañosas. Cada quien responde por sus mecanismos para anidar en bolsillos ajenos. Lo que me inquieta es ver cada vez más adolescentes atrapadas en ese mundillo, siguiendo a supuestos coachs sin credenciales verificables y seducidas por la labia o apariencia de otros participantes.

Reflexionen: cualquier espacio con cierto permiso para ver y tocar cuerpos ajenos es ideal para ejercer violencia en todas sus magnitudes: física, verbal, sicológica, económica y hasta sexual, como me consta en carne propia.

Si Jorge, que es tan inocentón habitualmente, se escandalizó con el muestrario de chicas superficiales que pululan en esos lares, no quiero ni pensar en el festín que se dan ciertos personajes sin escrúpulos mientras la familia paga por su peligrosa ingenuidad.


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


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