Si no sabes de yoga, creerás que la meta de esa ancestral disciplina es mantener posturas raras para ganar resistencia y flexibilidad. Si conoces alguito o lo practicas cada tanto, habrás descubierto que también busca armonizar tu día a día, con la respiración como rienda y la sonrisa como panel solar.
Pero hay más detrás de ese guión de movimientos y pausas, esos mantras que parecen sonidos ambientales y esas manos colocadas en posiciones graciosas para conducir el prana en tu interior o curar a otros con tu buena intención.
Cualquiera sea la escuela yóguica con la que resuenes, la ganancia real es regresar a tu esencia de manera cada vez más espontánea y hacerte menos vulnerable a la febrilidad del exterior, con sus muchas agresiones a los sentidos, su exceso de malinterpretaciones, rencores, agitaciones y obsesión.
Ya sé que suena a herramienta para “bañarte con quimbombó”, y no está muy lejos de esa metáfora. El yoga, como el ayurveda (tienen la misma fuente), van de poner conciencia en lo que haces, comes, respiras, escuchas, ves… para ganar salud física, espiritual y mental, pase lo que pase alrededor.
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Me encata este ejemplo que usan muchos gurúes: un temporal remueve los niveles superiores del océano, crea olas gigantes y destruye lo que encuentre a su paso. A su vez, la discreta marea cambia la configuración de la orilla sin daño perceptible con su constante ir y venir. Lo común en ambos casos es que el fondo permanece en paz, observando sin molestias, porque sabe que la naturaleza del agua es fluir para crear y destruir según un plan fuera de su alcance.
De igual modo, la naturaleza humana tiene capas proactivas (el cuerpo, la respiración y la mente) y otras reactivas (el intelecto, la memoria y el ego), cuya función es experimentar la vida; pero hay algo más importante e inamovible: el ser, esa cápsula divina permanente a la que sólo accedes cuando atraviesas las demás sin esfuerzo y sin más propósito que estar ahí, en tu propia esencia regeneradora.
¿Difícil? No tanto. Como la humanidad es tan tonta, siempre cargada de avidez o aversión en su exterior, el inconsciente guarda golosinas para guiarte en el trayecto hacia esa auténtica existencia: unos acordes musicales con los que resuenas… un sueño profundo sin imágenes… el sabor de una fruta en su mejor punto… la risa de los bebés… la mirada de tu mascota… el arcoíris en la carretera… la puesta de Sol a la orilla del mar… un orgasmo inesperado y silencioso… un deseo cumplido apenas dicho… una epifanía en pleno examen… un gesto de gratitud ante una bondad sin doble intención…
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La trampa es que ese éxtasis dura apenas segundos, como una buena promoción de lo que encontrarías si te esfuerzas en ver el episodio completo. La mayoría de la gente se ufana en recrear las circunstancias, hasta que entiende que no puede invocar una sensación cuando sus detonantes no están bajo control, y aferrarse a ese estado ilusorio nos deprime más.
Ah, pero si meditas regularmente, llegas a ese valle interior con naturalidad, sin forcejeo, y cada vez te estás ahí por más tiempo y con mayores beneficios al salir…
La paz mental (shanti) es como el amor: no la conoces hasta que no la vives y no la puedes simular ni con todo el anhelo universal como fuerza motriz. Se trata de sentir, más que de pensar; de saber, más que entender, y confiar, más que buscar pruebas. Es una felicidad (ananda) que no se persigue fuera, sino que se cultiva dentro, donde está todo lo que necesitas o el potencial para obtenerlo.
Yoga es eso: apuntar a tu ser, disciplinarte para estar en el mundo sin que te penetre, vislumbrar los hilos sin volverte marioneta. ¿Reaccionar? Claro, pero sin aferrarte a esa emoción, sea de furia, risa, orgullo, vergüenza, placer… Es no tomarte tan en serio tu papel en el mundo y observar cómo las turbulencias de la superficie se modifican en el tiempo, con mera práctica, conocimiento y una buena guía.
¿Cómo se logra eso? Yo apenas estoy comenzando el camino, pero ya tengo claro lo que me falta: más entrega al proceso y desapasionamiento con el resultado. Servicio como ejercicio de bondad. Voluntad para alejarme de lo que me distrae y buen humor para entender que fallaré mil veces en cada escalón, pero así me caiga de bruces o de nalgas siempre tendré la oportunidad de levantarme si miro a quienes van delante y no al suelo que me contuvo en la derrota.
Tú puedes creerlo o no, ese es tu karma. Yo sólo te digo que con el yoga aprendes que mientras te amas, el mundo te amará, y ese amor es acción para ti y para otros. Escríbeme al 52164148 y te invito a probarlo. Quién sabe si tu impulso es más fuerte y algún día eres tú quien me levanta y me haces fácil el camino, ¿verdad?

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