Íbamos camino al círculo. Mi hijo se había levantado ese día con “el moño viraʾo”: no quería levantarse, no le gustaba la leche, no quiso ponerse los zapatos… en fin, fue refunfuñando todo el camino, puso peros y obstáculos, gritó, lloró, se portó “mal”.
Y, sin embargo, yo pude acompañar su malestar con tranquilidad: firme, sin alzar la voz, sin dejar de darle la contención y el cariño que quizá necesitaba en ese instante más que en cualquier otro.
“¿Te quedaste con sueño?”, “¿te sientes mal?”, “¿pasa algo en el círculo?”, le pregunté, despacio. Y él se fue calmando. Nos abrazamos, sin apuro. Le di muchos besos. Y, al final, entró a su salón tranquilo y sonriente.
En el camino de vuelta pensé en cómo había logrado estar tan tranquila, cuando en otras ocasiones, en similares situaciones, había perdido la paciencia con él o con su hermana. Enojo y frustración habían aparecido entonces, grité, dije cosas de las que luego me arrepentí.
Esas ocasiones en que no pude controlarme, tampoco resolví más pronto que empezaran a portarse “bien”; por el contrario, lloraron más y más tardaron en calmarse.
Lo que funcionó aquella mañana fue que pude actuar y razonar desde la calma, y con esa premisa es más fácil ser empáticas, y actuar como los adultos de la situación, lo que no es siempre tan fácil como pudiera parecer.
Si regulamos nuestras emociones será más probable que las niñas y los niños aprendan a hacerlo, así como a resolver conflictos desde el control y la amabilidad, que son antítesis de la violencia.
Claro que no es coser y cantar. Vivimos en medio del estrés, de muchas exigencias del diario vivir, y si una madre o un padre están sobreestimulados, cansados o preocupados es más probables que reaccionen mal ante los lógicos vaivenes emocionales de sus hijos.
La fuente de la paciencia hay que llenarla; por eso el bienestar de quien cría es tan importante: dedicarnos tiempo, hacer lo que nos gusta, reconocernos como seres con deseos y metas propias ayuda a darse a los demás desde la plenitud y no desde la carencia.
La maternidad y la paternidad se aprenden también. Poco a poco sabemos prevenir qué escenarios nos sitúan al borde de la irascibilidad y cómo evitarlos. Entendemos, asimismo, cómo reaccionar cuando dan esas perretas que nos hacen mirar a los lados, con pena; o cuando retan la autoridad con inusitada fuerza.
No siempre se puede. A veces la fuente está seca. Lo bueno es que siempre hay oportunidades para hacerlo mejor.

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