martes, 18 de junio de 2024

Patria, patrimonio, leyes

La nueva ley que protege el patrimonio posee muchos retos por delante…

Mauricio Escuela Orozco en Exclusivo 17/09/2023
0 comentarios
Eusebio Leal-Aniversario 500-La Habana
La ley viene a proteger los valores que tanto defendiera Eusebio Leal. (Tomada de La Jiribilla)

La nueva ley de patrimonio ha tenido en cuenta las consecuencias de que por décadas se desconociera este fenómeno en cuanto a sus implicaciones de conservación. La humanidad hasta buena parte del siglo pasado no tuvo conciencia de que había un conjunto de riquezas legadas por los ancestros, que conllevaban una política pública proteccionista. Eso también afectó a Cuba, una nación en la cual la presencia de procesos humanos, así como erosiones naturales, pueden poner en peligro cualquier valor patrimonial. Por ello, desde hace un tiempo, se han estado organizando declaratorias de sucesos y elementos de nuestra cultura como figuras legalmente protegidas. Son ejemplo diversas manifestaciones de nuestra vida cotidiana, como festejos, deportes, platos culinarios, tradiciones orales, vestidos, usanzas, etc. El patrimonio posee un amplio abanico y no siempre el hecho de declararlo quiere decir que automáticamente vaya a ser protegido. ¿Cuándos ejemplos de viviendas de mucho valor existen y que hoy están en estados deplorables? Poseer un título, ya sea de facto o dado por las instituciones, hasta ahora no ha sido un puntal para estar inmune a la erosión patrimonial, el olvido e incluso la insensibilidad y el canibalismo. Cierta visión idealista de las leyes sostiene que aquello que se legisla ya queda salvaguardado, pero la realidad es mucho más rica, contradictoria e incluso injusta.


El patrimonio que se va, que muere, que no existe, ya no se puede resucitar. No es posible que, luego de que los nazis destruyeron Varsovia, la nueva ciudad, levantada en la posguerra y hecha a partir de una copia fiel; posea el mismo encanto, exprese con exactitud lo que el elemento original entrañaba. Toda restauración es incompleta en tanto no se trata de un mero repuesto de materiales, sino que hay siempre ingredientes que se van perdiendo producto de la laceración de los años. El patrimonio posee, por ende, siempre un correlato espiritual que lo define y que se mueve con su propio ritmo y a la par que los edificios, los objetos y todo lo que está dentro de lo tangible. Esa alma no descansa y se puede considerar como una especie de fantasma del pasado que nos acompaña. Porque el patrimonio es sobre todo un documento, un testigo de los sucesos, una especie de constancia de que otros hicieron una obra, se detuvieron a erigir huellas o expresaron el discurso ideológico de su época. En las ruinas de Atenas no solo están los órdenes arquitectónicos, sino la idea de la filosofía y de la búsqueda de un equilibrio del cosmos. Por ello habrá que pensar siempre a los griegos como unos hacedores de la idea moderna del patrimonio. El estudio del correlato de los pueblos, su legitimación por medio del atesoramiento de huellas y de otros elementos del propio decursar; de alguna forma fueron procesos que los antiguos establecieron y que nuestra civilización fue enriqueciendo.

Pero Cuba ha contado con el gran Eusebio Leal, quien pensó el patrimonio de manera que el humanismo estuviera en el centro. No se hacían reparaciones en La Habana Vieja para que luego fueran edificaciones inhabitables para los vecinos, sino para que se adecentara el sitio y las personas pudieran construir una historia espiritual diferente. He allí la ganancia de su obra y el ejemplo que hoy los legisladores de este nuevo corpus deben seguir. Es un privilegio haber contado con Leal, pero las personas no son eternas y cuando faltan lo que queda es estudiar su legado, llevarlo a cabo, practicar esa ética luminosa. Leal quiso que en cada ciudad de la nación estuviese presente la sabiduría de los conservadores y los restauradores. No solo en las villas coloniales, sino en aquellas urbes que poseen su propia magia e incluso en los campos, en los cuales se han levantado la nacionalidad y el sentido de pertenencia cada vez que han hecho falta. La vida patrimonial es parte de la memoria histórica y cuando se está en medio de asedios de guerra cultural, solo potenciando lo que somos podemos llegar lejos y proteger nuestro núcleo primigenio. La soberanía comienza en los gestos imperceptibles y en los hogares. Luego hay que definirla en cada encuentro y darle su justo sitio entre los procesos de choque y las dinámicas propias de un país que nació y ha devenido en medio de grandes batallas culturales.


Legislar en torno al patrimonio, por ende, es hacerlo sobre la condición existencial de Cuba. No se está hablando de un reglón directo de la productividad, pero de esta parte esencial de nuestra tierra depende todo. Se trabaja para un signo que nos define como pueblo y que luego formará parte de la posteridad. Por ejemplo, el patrimonio azucarero tan vilipendiado, hoy tiene mucho que aportarles a los centrales y a la zafra no solo en cuanto a apoyo moral, sino en conocimientos, formas de ver el mundo, sabidurías populares. Y lo que se pierde, aunque luego se invierta dinero, no va a volver. Hay que ir a esos meandros de la nacionalidad y reconducir sus cauces para que no se desvíen ni se pierda lo más importante. Cuba no puede vivir sin su pasado, mucho menos sin los documentos, estatuas, edificaciones que la hicieron grande. Ahí hay que estar, junto a los restos de esa gloria, para que el presente no se convierta en la caricatura que nos impone la guerra cultural. De ese entrechocamiento de símbolos, de esa batalla entre visiones del universo, tiene que salir el fortalecimiento de este país y ello es cuestión de vida a muerte.

Una ley no va a arreglar los problemas de patrimonio de Cuba, pero al menos los va a visibilizar desde el corpus constitucional. Ahora bien, proteger de manera efectiva conlleva un cambio espiritual al cual aún demoraremos un poco en llegar. Nadie va a venir a amar a nuestra patria fuera de nosotros mismos, nadie nos va a comprender si no lo somos capaces de hacer. En nuestras manos está que Cuba siga siendo soberana no solo en lo concerniente a lo político, sino en cuanto a lo cultural, lo íntimo, lo memorístico. Allí hay una nación que cada momento debe reconstruirse.

El patrimonio mientras nos espera como ese viejo fantasma y nos llama a jugar un papel protagonista en la transformación de una realidad que no será jamás perfecta, ni mucho menos exactamente la misma. En ese fluir se inscribe la patria.


Compartir

Mauricio Escuela Orozco

Periodista de profesión, escritor por instinto, defensor de la cultura por vocación


Deja tu comentario

Condición de protección de datos