Horatio S. Rubens, abogado neoyorquino, trabó amistad con José Martí durante la estancia de este en los Estados Unidos de Norteamérica. Fue presentado al Apóstol de la independencia cubana por Gonzalo de Quesada en 1893 y, desde ese momento, se puso generosamente al servicio de la causa revolucionaria.
Rubens realizó diversas tareas en apoyo a la gesta organizada por Martí. Una de ellas fue su participación en el embarque de armas con destino a Cuba, acción que entrañaba considerables riesgos legales. No obstante, su aporte más significativo fue su desempeño como jurista, ejercido de manera totalmente gratuita. Como abogado del Partido Revolucionario Cubano asumió numerosos casos legales, demostrando que la lucha por la independencia exigía, además de sacrificio y organización política, un conocimiento profundo del sistema jurídico norteamericano para sortear los obstáculos impuestos por las autoridades federales.
Uno de los casos más resonantes fue el relacionado con la huelga de los tabaqueros de Cayo Hueso, ocurrida entre finales de 1893 y principios de 1894. Martí, consciente del peligro que representaba una derrota judicial en un conflicto de tanta repercusión social y política, confió personalmente el caso a Rubens. Este aceptó de inmediato y logró una victoria legal a favor de los trabajadores, fortaleciendo no solo la posición del movimiento obrero cubano en el exilio, sino también la autoridad moral del Partido Revolucionario Cubano. Al recordar este episodio, Rubens escribió en su libro Liberty, the story of Cuba:
“así al principio de 1894, partí para Cayo Hueso en viaje que fue mi cumplimiento inicial a la promesa que hice espontáneamente a Martí cuando lo conocí, de hacer todo lo que podía para ayudar a Cuba en su lucha por la independencia”.
Esta declaración revela la dimensión ética de su compromiso: no se trataba únicamente de una colaboración profesional, sino de una adhesión consciente y voluntaria al ideal independentista cubano. En reconocimiento a esta victoria, el periódico Patria publicó el 30 de junio de 1894 el artículo titulado “Horacio Rubens”, en el que se destacaban tanto sus virtudes profesionales como sus cualidades humanas, y se agradecía su entrega desinteresada a la causa de Cuba.
Tras el fracaso del Plan de la Fernandina, Martí convocó a sus colaboradores el 13 de enero de 1895 en el Hotel Travellers, en Jacksonville. Entre los asistentes se encontraba Rubens, a quien se le encomendó la compleja tarea de asumir la defensa legal para recuperar las armas incautadas por las autoridades estadounidenses. Aunque el plan fracasó en su objetivo inmediato, la gestión jurídica de Rubens permitió la recuperación de una parte considerable de los pertrechos decomisados, evitando así un golpe definitivo a los preparativos de la insurrección.
La actuación de Rubens en este episodio confirma la visión estratégica de Martí, quien entendía que la independencia debía construirse también en el ámbito del derecho y la legalidad internacional. Gracias a la intervención de este abogado neoyorquino, de origen judío, fue posible mantener viva la infraestructura material y política necesaria para el estallido de la guerra del 24 de febrero de 1895. Su figura encarna, por tanto, el papel decisivo —aunque a menudo silencioso— de los aliados extranjeros que, desde la ley y la ética profesional, contribuyeron de manera concreta a la emancipación de Cuba.

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