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lunes, 27 de abril de 2026

Leer el mundo: la deuda pendiente con la discapacidad intelectual (+Infografías)

Las rampas son necesarias, pero no suficientes, en tanto, si la información disponible en espacios públicos no se entiende, la exclusión persiste...

Elizabeth Carmona Fernández en Exclusivo 27/04/2026
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Leer el mundo: la deuda pendiente con la discapacidad intelectual
Leer el mundo: la deuda pendiente con la discapacidad intelectual

Cuando se habla de accesibilidad, el primer pensamiento suele ser físico: rampas y sillas de ruedas. Es comprensible, durante décadas la lucha por eliminar barreras arquitectónicas ha sido prioritaria pero existe un tipo de barrera más silenciosa, igual de paralizante y que rara vez se menciona: la cognitiva.

Las personas con discapacidad intelectual enfrentan cada día entornos diseñados para ser comprendidos por otros. Carteles con instrucciones complejas, formularios con lenguaje técnico y señalizaciones ambiguas. El resultado es una exclusión tan real como la que produce un escalón, aunque mucho menos visible.

Piénsese en una escena habitual en cualquier banco. Una persona con discapacidad intelectual va a retirar dinero por la caja. La entrada no tiene escalones, el mostrador está a la altura adecuada y el sistema de turnos funciona sin problemas. Pero el cajero le entrega un comprobante con esta frase: "El saldo disponible podrá ser retirado parcialmente previa solicitud de autorización por la vía establecida para cuentas de terceros". La persona no entiende qué significa "parcialmente", ni qué son "terceros", ni cómo se "solicita autorización" y justo en ese momento, el sistema se vuelve inaccesible. La barrera no es la rampa ausente, es la palabra que no se comprende.

Este problema tiene nombre y herramienta: lectura fácil. Se trata de adecuar el contenido a públicos con dificultades de comprensión lectora, para ellos es necesario emplear frases cortas, vocabulario sencillo y apoyos visuales cuando sea necesario. Y es válido aclarar que lo que parece una adaptación para un grupo reducido beneficia también a personas mayores, a quienes aprenden el idioma o a cualquier ciudadano que necesita información clara y rápida.

En otros países, esta metodología ha avanzado considerablemente, gracias a ella se han adaptado leyes, documentos oficiales y hasta constituciones. La evidencia muestra que lo que funciona para personas con discapacidad intelectual funciona para casi todos.

Cuba no escapa a este desafío. El sistema educativo ha hecho esfuerzos, pero la accesibilidad cognitiva sigue siendo una asignatura pendiente en la mayoría de los espacios públicos. Los trámites administrativos, por ejemplo, siguen siendo laberintos de instrucciones confusas. Una persona con discapacidad intelectual suele depender de un familiar para gestionar cualquier asunto y eso no es inclusión, es dependencia forzada.

La escuela también enfrenta este reto. Durante años, los educandos con discapacidad intelectual fueron derivados a aulas separadas o escuelas especiales y al llegar a entornos regulares encuentran que los materiales no están adaptados, los docentes no siempre saben cómo explicar de forma, y el sistema sigue midiendo con exámenes escritos que no reflejan la diversidad de formas de aprender.

Para ello la adecuación curricular es una respuesta, no significa bajar el nivel, sino ponerlo al alcance de todos. Explicar lo mismo con otras palabras, formatos y tiempos. La accesibilidad cognitiva también tiene una dimensión política. Las personas con discapacidad intelectual tienen derecho a opinar sobre lo que les afecta, no obstante, para eso necesitan que las asambleas, las consultas y los documentos de participación estén diseñados para ser comprendidos, de lo contrario y la participación es solo una ficción.

Construir una sociedad accesible no es sumar parches, es entender que la accesibilidad es una sola: física, sensorial y cognitiva. La rampa visible ya tiene su lugar en el debate público, falta que la rampa invisible (la que permite entender un papel, seguir una instrucción y hacer un trámite sin ayuda) ocupe el espacio que merece.


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Elizabeth Carmona Fernández

Periodista


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