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martes, 3 de marzo de 2026

Tal astilla

De cómo el 3 de marzo marcó mi vida como hija del mar y madre de un tritoncito pasado de liga...

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 03/03/2026
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Intimidades
El mar será siempre fuente de miedos para unos y de placeres para otros (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

Cuando mencioné el mes pasado mis días mágicos, debí incluir también el 3 de marzo. Primero, porque es la fecha de fundación de Nuestra Señora de la Virgen de Regla, que en 1867 era apenas un caserío en la península de Guaicanamar, al fondo de la bahía de San Cristobal de La Habana, y en poco más de tres siglos creció sobre su costa y colinas circundantes, se forjó una identidad cultural única y ganó fama de rebelde, mística y chovinista. (A mucha honra).

Su historia la empezaron en el siglo XVIII los pescadores y marineros que encomendaban sus almas a la patrona de la Regla de San Agustín con modestas ofrendas dejadas en una ermita enclavada en punta Camacos, tradición importada desde puertos andaluces que a su vez fue heredada de la ciudad africana de Hipona, donde ese santo varón debutó como obispo, y como era de esperar, los esclavos igualaron esta virgen negra a su Yemayá, madre de todos los orishas, diosa de aguas bravías y voluble carácter.

Con fe o sin fe, ambos cultos conviven en el corazón del llamado “pueblo ultramarino”, título que indica su relevancia en asuntos de migración, pues por sus muelles arribaron millares de africanos (incluso tras abolirse la esclavitud), chinos culíes (también explotados), europeos de baja casta y hasta constructores provenientes de India (eso último en este siglo XXI, sí señor).

Al festejo comunitario sumo el cumpleaños del padre de Davo: un nativo de tierra adentro que hizo del buceo su hobby favorito y sumergió a sus dos hijos en similar pasión y los ayudó a apreciar los tesoros del lecho marino en varios puntos de esta Isla y otros mares de norte y sur.

Los fanáticos del Zodiaco verán muy lógica esa afición porque el hombre nació bajo el signo de Piscis, y los ecologistas lo defenderán por ser el Día Mundial de la Naturaleza, pero seguro hay por ahí otras razones epigenéticas de un linaje de filibusteros que no he logrado descifrar… de momento.

Sin vergüenza confieso que tan acuosa complicidad filial me mortifica, no por miedo al peligro, sino porque nunca fui invitada a sus hermosas correrías marinas. Ya sé que suena a envidia fea, pero esos dos coinciden en burlarse de mí porque floto como una medusa y no logro mantenerme en el fondo (a menos que use de lastre al Titanic, dice el Davo), así que en mezquindad estamos a mano.

Volviendo a la fecha, resulta que un 3 de marzo marcó el inicio de otro hobby náutico que sí compartimos madre e hijo, y aunque se detuvo por varios años, aspiro a completarlo en la aventura proyectada para mi cumpleaños 60.

Para celebrar lo peculiar del día 3/3/3 nos fuimos de paseo a Matanzas. Mi pequeño vivía fascinado con esa rada enorme, y sentado en los arrecifes razonó que su abuelo paterno vivía también entre bahías (Mariel y Cabañas), así que tomó el mapa y me propuso recorrer los principales hitos de la costa cubana, que seguro serían “dignos de coleccionar”.

La idea era tomar fotos y muestras para conservar en botellas, además de escribir leyendas sobre el origen y devenir de cada sitio. Tenía entonces cuatro años, pero ya me había ayudado a preparar clases de Ciencias para quinto y sexto grados, más las de Historia Antigua y Medieval de séptimo y luego las tareas del curso de Periodismo, así que lo de manejar mapas, líneas del tiempo y diarios de viaje no resultaba para él nada del otro mundo.

Ese lunes aún invernal, la puesta de Sol nos sorprendió mientras bajábamos una de las elevaciones que circundan nuestro barrio reglano, y la hermosa vista del oleaje a nuestros pies matizado de ocre y rojo puso al pequeño medio filosófico… O eso creía yo.

“Mamá, ¿en Holguín hay muchas bahías?”, preguntó misterioso. “Pues, sí”, respondí en modo sabionda: “Ahí está la de Nipe, que es la mayor de Cuba, y también las de Banes, Naranjo, Levisa, Sagua de Tánamo, otras menos conocidas… ¡Ah! y la de Bariay, por donde se dice que desembarcó Colón”.

“¿Tú estuviste ahí?”, preguntó mientras soltaba mi mano con disimulo, y sin más caí en su malévola trampa: “¡Pues claro! Mi gran amor era holguinero y me llevo a conocerla cuando estudiábamos la lengua aborigen; por entonces…”.

“¡Así que estuviste con Colón! Jeje. ¡Ya me parecía que eras bastaaaante viejita!”, interrumpió descaradamente, y sin esperar mi ofendida réplica salió corriendo loma abajo para refugiarse en brazos de su abuela y contarle las novedades del día… empezando por el chiste geocronológico que acaba de inventar a costa de la ingenuidad de su mismísima madre.


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


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