La Segunda Guerra Mundial es recordada como una guerra catastrófica. La brutalidad vivida en esos años hace que necesariamente nos debamos preguntar si la humanidad aprendió la lección. Esta guerra provocó alrededor de 80 millones de muertos, de los que aproximadamente 50 fueron civiles, 6 de ellos judíos asesinados en el Holocausto. La destrucción material también fue terrible, todo un continente arrasado con ciudades destruidas e infraestructuras eliminadas. El continente también quedó moralmente devastado.
La sociedad actual mira esta guerra con ojos casi cinematográficos: los bombardeos sobre la población civil, la crueldad habida en los campos de exterminio, la heroicidad de los soldados aliados en infinidad de episodios bélicos o las batallas ganadas por aire o por mar y en los diferentes frentes de tierra han sido representados y magnificados en todo tipo de medios y en las actuales redes sociales. Ello ha servido para crear en el mundo occidental un relato “oficial” en el que el desembarco de Normandía o la entrada triunfal de los aliados en París se sitúan en primer lugar o donde figuras como Churchill, Roosevelt o De Gaulle se convierten en los grandes artífices de la Victoria.
Sin embargo, la guerra contra el fascismo se decidió sobre todo en el frente oriental. Allí fue donde realmente colapsó la hasta entonces invencible maquinaria militar nazi. Quienes contuvieron al ejército alemán fueron los soldados soviéticos. Las batallas de Moscú, Kursk o Stalingrado marcaron el principio del fin del Tercer Reich. El historiador británico Antony Beevor, gran especialista y mejor divulgador de esta guerra, señaló que la batalla que cambió el destino de Europa fue precisamente la de Stalingrado, pues a partir de aquella derrota los alemanes perdieron la iniciativa y comenzaron a retirarse de casi todos los frentes. Y ello ocurrió antes del también decisivo desembarco de Normandía.
El coste para la Unión Soviética fue tremendo. Se calcula que sufrieron cerca de 30 millones de víctimas. Millones de soviéticos combatieron por unas ideas, pero sobre todo por sobrevivir y defender su tierra frente a una invasión brutal. Otro gran historiador militar, John Keegan, señaló hace años que los nazis buscaron allí como en ningún otro lugar la destrucción total del enemigo, de ahí la ferocidad con la que se combatió y el posterior trauma que ello dejó en la memoria colectiva rusa, que llega hasta hoy.
Tras la guerra, el mundo occidental sustituyó el antifascismo por el anticomunismo. Durante el resto del siglo XX en esta parte del mundo se minimizó el papel soviético y se usó aquella victoria como legitimación política permanente. Es cierto que el equilibrio entre bloques evitó un enfrentamiento directo entre grandes potencias, pero no trajo una paz verdadera, sino una estabilidad basada en el miedo. Nada de ello ayudó a comprender el pasado y a construir el futuro. Si algo muestra precisamente ese pasado es que Europa fue capaz de crear esta barbarie y que ninguna sociedad está completamente vacunada contra el fanatismo, el odio o la deshumanización del adversario.
Por ello volvemos a caer en los mismos errores. Sufrimos guerras que regresan a Europa, tensiones crecientes entre grandes potencias, debilitamiento de acuerdos internacionales y una creciente desconfianza hacia las instituciones comunes. En ese contexto aparece un fenómeno importante, que no es otro que la pérdida de legitimidad del orden internacional basado en reglas. Las alianzas, las instituciones o los compromisos multilaterales son secundarios e incluso opcionales. Y si las reglas son opcionales, la cooperación se debilita y la lógica del conflicto vuelve a ganar espacio.
Ochenta años después, mientras el mundo observa nuevamente guerras, fronteras y bloques enfrentados, quizá convenga mirar la vista atrás y recordar la barbarie de la guerra mundial y que las tragedias históricas empiezan muchas veces cuando las sociedades dejan de ver seres humanos en quienes piensan distinto.
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