martes, 18 de junio de 2024

Si de Cuba se trata, África es una sola

Aquellos gritos resultaban los mismos que escuchábamos cada día en el hospital cuando se informaba del fallecimiento de cierto paciente. Por ello pudimos comprender que la mujer, en medio del ómnibus, había recibido una fatídica noticia...

Mario Héctor Almeida Alfonso en Exclusivo 13/03/2023
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Maputo Transporte
El tránsito era todo un desafío por lo que pequeñas distancias en horarios picos, incluso en los que no lo eran, se convertían en una carrera contra el tiempo.

 

Me dijeron una vez que África es una sola. Conocer un país quizás representa imaginar lo que encontrarás en los otros. Aunque existen similitudes evidentes, cada nación tiene sus particularidades, incluso aquellas que fueron colonizadas en su momento por la mismísima metrópolis: Portugal.

La vida me ha dado la oportunidad de comparar, al igual que a un viejo amigo, también cubano, que me apadrinó al llegar a estas tierras. Aunque percibo las similitudes, también he logrado reconocer los rasgos distintivos.

En mi caso, he estado en Angola y Mozambique, dos países del cono sur africano. El primero mirando al Atlántico, el segundo con los ojos puestos al Índico. Ambas naciones fueron en su momento colonias portuguesas, tuvieron que enfrentar múltiples desafíos hasta finalmente lograr la independencia.

Durante 2013 vivía en Luanda, una ciudad imponente. Por ese entonces tenía una población estimada de más de cinco millones que hacían de ella la más populosa de las ciudades lusofonoparlantes de África.

El tránsito era todo un desafío por lo que pequeñas distancias en horarios picos, incluso en los que no lo eran, se convertían en una carrera contra el tiempo, en la que ganaba siempre este. Considerada además la urbe más cara del mundo, en aquel momento por delante de Tokio, suponía un desafío adicional para la supervivencia.

A pesar de esos datos escalofriantes, Luanda era casa. Nos movíamos libremente en compañía de algún que otro colega y conocíamos hasta dónde el jején ponía el huevo.

Recuerdo una vez que, en compañía del cirujano plástico de la brigada, mi amigo Frank, nos dispusimos visitar un lugar algo distante al salir del hospital, por lo que fue necesario tomar dos transportes urbanos, las famosas Chapas (guaguas pequeñas de no más de 12 asientos, microbuses). El primero lo abordaríamos en las inmediaciones de nuestro centro de salud, el “Josina Machel”, hasta el Hospital General de Luanda y de ahí hacia el destino escogido.

El primer tramo transcurrió sin contratiempos, con el tránsito aceptable, pero, al abordar el segundo vehículo, una angoleña que se sentó a mi lado comenzó a dar gritos inesperadamente.

No éramos muy conocedores de la lengua, pero sí de lo que significaban aquellas frases exclamativas. Resultaban las mismas que escuchábamos cada día en el hospital cuando se informaba del fallecimiento de cierto paciente. Por ello pudimos comprender que había recibido una fatídica noticia y que esos gritos eran la forma de exteriorizar aquel sentimiento.

Al ponerse en marcha el vehículo, para mi asombro los gritos no cesaron, incluso ascendían los decibeles, se incrementaban. Puedo asegurar que en más de una ocasión pensé en decirle algo que hiciese a mi afligida acompañante entrar en razón, pero me contuve. Debía respetar sus tradiciones, dolor, su espacio.

El segundo recorrido resultaba interminable. Frank estaba sentado un poco distante y los chillidos no incidían en sus tímpanos como a mí. Finalmente, el auto se detuvo y al bajar la señora del vehículo milagrosamente dejo de gritar, conversó normalmente y entonces nos miramos extrañados por aquel comportamiento.

Maputo es otra cosa. Los sentimientos se exteriorizan menos en colectivos ajenos. Al menos esa es mi impresión. Aquellos alaridos no los escucho en la Unidad de Cuidados Intensivos cuando llegan noticias necrológicas.

Aquí mis experiencias montando chapas son mínimas, al parecer África no se asume igual a los 40 que a los 50, y mi conocimiento sobre los rincones de la urbe resultan escasos.

Me limito siempre a lo que en Cuba sería algo así como el Vedado, Centro Habana, Habana Vieja, que son los sitios adyacentes adonde moro y trabajo. Las construcciones de hace más de sesenta años, las calles y sus frondosos árboles me recuerdan esos sitios de Cuba, reminiscencias de la globalización y hasta del clasismo, en sus más disímiles aristas.

Aunque el tráfico es complejo aquí, nada que ver con Luanda. Aún en los peores horarios logras cierta puntualidad. Los semáforos funcionan y los conductores, como norma, acatan mejor las regulaciones del tránsito. El volante va a la derecha y se maneja por la izquierda, algo también inentendible al ser ambos países colonias del mismo imperio y estar enclavadas en el África austral.

Degustar un plato de bacalao con nata ofrecido por amigos o conocidos en Luanda era algo habitual. La carne de res o el cabrito preparado de varias formas prevalecen en Maputo. En ambas naciones los dulces no son tan dulces, sin perder el distinguido sabor.

Hablar portugués para los cubanos no resulta fácil, talvez por la comodidad de una comunicación sin muchos sobresaltos nos esforzamos poco o nada en la correcta pronunciación. El “nada” con su primera “a” en hipérbole o el “ainda” (todavía) que tan frecuentemente escuchamos, hablamos e incorporamos en Angola, acá es un poco desplazado en sus frecuencias por un “chega” (basta) cuando se pretende detener la conversación o “no tem como” (no tiene cómo) cuando te quieren hacer saber que no hay manera de hacer lo que pretendes.

Aunque hay cosas que cambian entre uno y otro lugar, las particularidades no hacen la diferencia en cuanto al calor recibido por ambos pueblos, el respeto a la medicina cubana y a su Revolución. La admiración hacia Fidel, situándole junto a sus máximos líderes históricos como Zamora, Neto o Madiba (Mandela) es percibida en cualquier espacio.

Cuba, la amiga solidaria, la soñadora del hombre nuevo, que aquí representa la añoranza de volver para quienes estudiaron allá; o de llegar por vez primera para muchos que solo la conocen de oído. Entonces, por esa parte, quizás el África es una sola, al menos aquí en el sur.

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Mario Héctor Almeida Alfonso

Médico cubano miembro del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias "Henry Reeve" que colaboró en Perú . Actualmente se encuentra en Mozambique en el enfrentamiento a la Covid-19.


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