El año 1957 fue el escenario donde un puñado de hombres —armados más con convicción que con fusiles— comenzó a torcer el brazo de la historia. Ascendieron lomas agrestes y coronaron las cimas de la Sierra Maestra, no solo como refugio, sino como bastión de la resistencia. Fue en ese contexto de audacia y visión estratégica donde Fidel Castro, al frente de una tropa reducida pero determinada, forjó lo que hoy la historia atesora como el primer combate victorioso del Ejército Rebelde el Combate de La Plata.
Todo comenzó en la madrugada del 17 de enero de 1957. La señal de ataque fue el sonido seco y contundente de una ráfaga de ametralladora disparada por el propio Fidel Castro contra el cuartel batistiano ubicado junto al río La Plata. Era la orden tácita. Seguidamente, cada uno de los rebeldes descargó tres ráfagas precisas, antes de cesar el fuego. La táctica era clara: demostrar fuerza controlada, sembrar confusión y forzar una rendición sin necesidad de un baño de sangre.
Las posibilidades de que el enemigo —mejor armado y atrincherado— pudiera vencer eran casi nulas en términos morales. Los rebeldes, aunque escasos de pertrechos, llevaban consigo el factor sorpresa y la determinación de quienes todo lo arriesgan. En el fragor del enfrentamiento, se lanzaron granadas y hasta dinamitas sin niple, arrojadas por Raúl Castro, cuyo efecto no fue el esperado. Pero la inteligencia insurgente prevaleció: al incendiarse un almacén cercano, las llamas iluminaron la noche y elevaron la presión psicológica sobre los soldados de Batista. El fuego, más que las balas, quebró su resistencia. Finalmente, con algunos heridos y rodeados, los uniformados cedieron.
Este primer combate ofensivo del Ejército Rebelde fue mucho más que una escaramuza militar. Fue un parteaguas político: reveló a toda Cuba la existencia y vitalidad de una guerrilla que se negaba a morir, y desmintió categóricamente las versiones oficiales de la dictadura, que había anunciado la muerte de Fidel Castro y la aniquilación total de los expedicionarios del Granma. La Plata no solo fue una victoria táctica; fue el primer «sí se puede» hecho historia, el disparo de salida de una campaña libertadora que, dos años después, cambiaría el destino de la nación.

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