La Sala Circulante de la Biblioteca Nacional de Cuba está diseñada para ser iluminada por la luz natural. Por la mañana, esta entra por los ventanales, se posa en los lomos de los libros y acaricia una vitrina donde duermen volúmenes dedicados a la cultura china. Sin embargo, ese día la escena era diferente a la cotidiana, las mesas habían sido empujadas hacia las esquinas, y en el centro, varias sillas estaban ordenadamente colocadas en tres o cuatro filas que miraban hacia una gran pantalla, frente a la cual estaba Juan Hernández Machado. Ese día se celebraba en la sala uno de los encuentros mensuales del Círculo Filatélico del Cerro.

Juan Hernández Machado es el Premio Nacional de Filatelia 2012 y organizador de las actividades del Círculo Filatélico del Cerro.
El título de la conferencia era Triunfa el que sabe defenderse. El Círculo Filatélico del Cerro se reúne todos los meses en este mismo espacio de la Biblioteca Nacional. En esta ocasión la actividad estaba dirigida a estudiantes de enseñanza media, invitados por los organizadores para conocer con más profundidad la historia, más allá de los hitos y las fechas. La idea era transmitir que, aunque hayan pasado más de seis décadas, situaciones como las de abril de 1961 no son tan lejanas.
Los estudiantes no llegaron. Las sillas que colocaron para ellos quedaron vacías. Pero los antiguos combatientes, la mayoría, miembros de las filas que lucharon en Playa Girón en abril de 1961, ocuparon sus asientos. No vinieron a dar una conferencia vacía, vinieron a recordar aquellos días juntos, aquella juventud que aun llevan dentro.
Las risas rebosan cuando Celestrin cuenta cómo aprendió a manejar casi a la fuerza en abril de 1961. Era joven, demasiado joven, se diría ahora, cuando los 16 años, un mes y 21 días suelen estar reservados para las salidas con los amigos, para buscar pequeños actos de libertad o rebeldía contra los padres, no para el combate armado. Pero aquel joven, segundo jefe de batería, recibió de su superior las llaves de un Jeep nuevo y la orden: “Coge tres hombres y vete para el Central Australia a buscar los mapas para hacer el tiro indirecto”. Celestrin nunca había manejado en su vida. Sin embargo, el miedo a defraudar, o a parecer asustado, era más grande que el desconocimiento. Esa fue una de las lecciones de la guerra que más recuerda: todos sentimos miedo, pero el miedo se controla.
En el encuentro se habló también de cómo la gesta de Girón no solo ocurrió en la playa o en el sitio de los enfrentamientos. Fue una movilización que aglutinó a toda la isla. En cada provincia, en cada municipio, había cubanos cumpliendo distintas tareas, desde la cocina, la vigilancia costera y la logística hasta la transmisión de mensajes, para llegar a la victoria del 19 de abril.
Muchos de los jóvenes que participaron en aquellas jornadas se hicieron combatientes en Girón. Aunque ya tenían una preparación militar previa, este fue su primer encuentro con la realidad del combate. A partir de esa experiencia, explicaron los presentes, surge el concepto de defensa del país basado en un gran ejército moderno, adaptado a las características geográficas de la isla.
“Nosotros no nos consideramos especiales ni tampoco héroes”, se repite desde varias filas. Algunos incluso se refieren a los integrantes de este grupo como simples Manolitos Pérez o personas que “se ganaron el derecho a defender su Patria”. Nada más.
Es entonces cuando recuerdan la historia de Anita. Ella era secretaria del jefe de artillería de campaña, pero en aquellos días de abril caminaba entre los soldados con un fusil automático ligero (FAL) al hombro. La imagen queda flotando sobre la vitrina de los libros chinos: una secretaria con fusil, que se une a la imagen de Celestrin, agarrando un volante por primera vez y a la de los Manolitos Pérez en su primer combate. Todos ellos, en una sala sin estudiantes, hablaban de sellos y de hechos que forman parte de los libros de historia. También de aquellos que, más de medio siglo después, siguen creyendo que la imposición, el silencio ajeno o ciertas formas de presión son caminos válidos para tratar con quien no piensa igual.
Al final del encuentro, cada asistente recibió como presente el libro, La destrucción cultural de Irak del destacado escritor venezolano Fernando Báez. A pesar de las ausencias, la reunión en esa pequeña sala de la Biblioteca Nacional demostró algo importante: la memoria no necesita público para seguir viva. Y que Girón, ese abril remoto, aún se defiende con sellos, con un Jeep manejado a tumbos y con el nombre de una secretaria que supo empuñar un fusil en el momento preciso. La Biblioteca Nacional, por un par de horas, fue un lugar donde unos pocos encendieron una llama que otros, por ausencia o por distancia, no alcanzaron a ver.

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