El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es una de las condiciones que muchos han oído nombrar, pero que pocos comprenden realmente. No se trata de un problema médico aislado ni de una etiqueta clínica más, es un desafío cotidiano que atraviesan las aulas, las familias y los consultorios.
Aunque no existen estadísticas oficiales sobre su prevalencia en Cuba, los especialistas coinciden en que afecta a un porcentaje significativo de niños y adolescentes. No es un problema de conducta ni de disciplina, es una forma distinta de procesar el mundo; y cuando esto no se entiende, se juzga y se excluye.
- Consulte además: Cuando concentrarse se convierte en un reto y soñar despierto afecta a la vida diaria
Quienes no conviven con el TDAH suelen reducirlo a una imagen simplificada: la del niño que no para de moverse, que interrumpe y no atiende. Pero esa imagen, aunque real, es solo una parte de la historia. Existe otra cara del trastorno que es más silenciosa y, por eso mismo, más peligrosa en términos de exclusión. Es la del niño que no molesta, que está sentado y callado, pero cuya mente viaja lejos. Sus ojos miran la pizarra, pero su pensamiento está en otro lugar. Pierde el hilo de la clase, olvida las tareas y parece distraído. Pasa desapercibido durante años, hasta que sus notas empiezan a bajar y nadie entiende el porqué y empieza a ser etiquetado como "vago", sin embargo, es un niño que necesita estrategias distintas para concentrarse.
Estos dos niños (el que se mueve sin parar y el que viaja sin moverse) son las dos caras de una misma realidad. El primero recibe atención, aunque sea negativa, y el segundo permanece invisible, y esa invisibilidad es una forma de abandono más cruel, porque nadie se da cuenta de que ocurre. Ambos necesitan apoyo y tienen derecho a ser comprendidos.
Una de las limitaciones más complejas del TDAH en Cuba es el diagnóstico tardío. Muchos niños pasan años sin ser evaluados, simplemente porque su comportamiento se atribuye a rasgos de personalidad o a falta de interés. En otros casos, el diagnóstico llega, pero no va acompañado de un plan de acompañamiento real. Los especialistas son pocos y las familias, en muchas ocasiones, se quedan con un papel que confirma lo que ya sabían.
Esa falta de diagnóstico tiene consecuencias profundas. El niño que no sabe que tiene TDAH interioriza el fracaso como parte de su identidad y desarrolla, en muchos casos, una baja autoestima que lo acompaña durante toda la vida. Cuando finalmente recibe el diagnóstico, ya sea en la adolescencia o en la adultez, la sensación suele ser ambivalente: alivio por tener una explicación, pero también rabia por los años perdidos, las oportunidades desperdiciadas y el daño que ya está hecho.
- Consulte además: La etiqueta que salva y condena: "Asperger"
En una casa con un niño con TDAH, la vida se organiza de otra manera. Las mañanas son una carrera contrarreloj y las tareas escolares se convierten en una batalla diaria que consume horas y energía. Las noches suelen terminar con todos agotados, con padres que han repetido la misma instrucción diez veces y un niño que no logra concentrarse lo suficiente para terminar sus deberes. Los padres, que muchas veces carecen de información, se sienten culpables. Se preguntan si están haciendo algo mal, si están fallando. La respuesta es que están enfrentando un desafío que no siempre viene con manual de instrucciones.
La culpa, en estos casos, es una compañera constante. Los padres escuchan comentarios de toda la sociedad que insinúan que el niño "necesita mano firme" o que "en sus tiempos eso no existía". Esos comentarios, lejos de ayudar, profundizan el aislamiento de la familia y la sensación de que están solos en una lucha que nadie más entiende. La familia se convierte en un espacio de tensión constante, donde el amor y la frustración se mezclan sin tregua.
Entonces, ¿qué se puede hacer desde lo cotidiano? Establecer rutinas claras, dividir las tareas en pasos pequeños, dar instrucciones breves y directas, reforzar los logros con palabras y no solo con notas. No se necesitan grandes cambios, solo se requiere voluntad de entender y ajustar.
Un docente que coloca al niño en la primera fila, que le da una instrucción a la vez en lugar de tres, que le permite levantarse cuando lo necesita, que usa un cronómetro visual para marcar el tiempo de trabajo, puede transformar su experiencia escolar. Un padre que aprende a no gritar, explicar con paciencia, anticipar las transiciones y celebrar los pequeños avances, puede cambiar la autoestima de su hijo.
La clave está en la constancia. Las rutinas no funcionan si se aplican un día y al siguiente se abandonan. Los refuerzos positivos no surten efecto si solo llegan cuando el niño se porta mal y se le castiga. La paciencia no rinde frutos si se agota al tercer intento. Pero cuando la familia y la escuela trabajan en la misma dirección, los resultados llegan. No son inmediatos, y no son lineales pero llegan.
En Cuba existen espacios de apoyo. Asociaciones, especialistas y grupos de familias comparten experiencias y herramientas. Sin embargo, es necesario romper el estigma pues el TDAH ha sido malentendido durante mucho tiempo. Mucha gente cree que es una excusa, una moda o un invento de los psicólogos y esa desconfianza hace que muchas familias no busquen ayuda, que muchos niños no reciban acompañamiento y que un gran número de adultos carguen con una sensación de fracaso sin saber la razón.
El estigma opera de múltiples maneras. En la escuela, un niño con TDAH puede ser etiquetado como "indisciplinado", sin que nadie se detenga a preguntar si existe una razón detrás de su comportamiento. En la familia, puede ser visto como "el que no quiere hacer caso" y recibir reprimendas que no entiende. En la comunidad, puede ser señalado como "raro" o "diferente" y quedar excluido de los juegos y las actividades sociales.
- Consulte además: Las reglas de la diversidad
El TDAH no define a una persona. Es una parte de su historia, no su identidad. Cuando se entiende, deja de ser una carga y se convierte en algo que se puede manejar. La clave no está en cambiar a la persona, sino en cambiar el entorno para que pueda desarrollarse. Ponerle escaleras donde antes veía muros, ofrecerle herramientas donde solo había exigencias.
Cada niño con TDAH tiene talentos, intereses y capacidades que merecen ser descubiertos y potenciados. La hiperactividad puede convertirse en energía creativa cuando se canaliza adecuadamente. La distracción puede ser una mente que explora múltiples direcciones y encuentra conexiones que otros no ven. La impulsividad puede ser espontaneidad y valentía cuando se aprende a gestionar.
Pero para que eso ocurra, se necesita un entorno que crea en esas posibilidades. La forma en que acompañemos a las personas con esta condición dice mucho de nosotros como sociedad. No se trata de señalar, sino de entender, adaptar y construir espacios donde todos puedan desarrollarse a su ritmo, sin tener que pedir permiso para ser como son.

Términos y condiciones
Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.