Por estos días está en el centro del debate un tema que nuevo, lo que se dice nuevo, no es; pero tampoco tan viejo como para que se haya llegado a determinados consensos. La cuestión es hasta dónde es lícito o no usar la Inteligencia Artificial (IA) para hacer literatura.
Dos recientes escándalos han avivado las llamas, debido a las acusaciones de que novelas premiadas en distintos concursos fueron creadas mediante IA. Los aspectos a tener en cuenta son muchos: ¿puede una máquina crear, o lo hace realmente quien le da instrucciones para hacerlo? ¿son eficaces los programas para detectar escritura con IA, o –por el contrario- propenden a los falsos positivos?...
Pecaría de soberbio quien asegurara tener ya todas las respuestas. En lo personal, me preocupa la honestidad del escritor si oculta el peso que tuvo la IA en su proceso escritural, no solo con el mundo literario (dígase colegas, editores, jurados y lectores); sino, sobre todo, consigo mismo.
Buena parte de lo terrible de escribir está en el esfuerzo que supone; y lo paradójico es que de ahí también nace lo bello. La agonía ante la página en blanco, el dolor de espalda, el cansancio visual, se ve compensada por ese estremecimiento cuando se produce el “misterio”: el pasaje o verso que nos nació de alguna parte, muchas veces sin que tengamos claro cómo.
La obra terminada regocija porque ahí también está el mucho esfuerzo. Se escribe porque hay una necesidad de decir (nos) y también de comunión con los demás. Incluso el feroz proceso de edición es otra manera de escribir, de la que nacen contantemente cambios y certezas.
Hasta dónde un escritor automatiza procesos como la investigación, la escritura y la edición, ya tendrá que ver cada vez más –parece que hacia allí van las cosas- con su conciencia; también con los gustos de los lectores. De entre estos últimos los habrá quienes se queden atrapados por los patrones repetitivos de la IA, sus clichés y llanezas; y los que busquen la espontaneidad, densidad y novedad de lo creado al margen de lo predictivo.
No descarto tampoco que haya verdaderos artistas que “domen” a la máquina y la usen en función de un arte verdadero; tampoco sería la primera vez.
No obstante, quien genera una obra totalmente con IA y luego cosecha frutos con ella, sin haber gastado ni un minuto de pensamiento, esfuerzo o análisis, no es más que un impostor. Y esto va para el escritor (incluso aunque termine ganándose un Nobel), para el periodista, para el estudiante…
Se suponía que la IA, automatizando procesos, nos dejaría más tiempo para la verdadera creación; y, por el contrario, la pereza mental amenaza con lanzarnos a estadios anteriores, incluso, a los de la escolástica.
Como madres y padres, habremos de acompañar a nuestros hijos en el uso de la IA, claro, pero también ayudarles a analizar textos, a explicar con sus propias palabras; y, sobre todo, a hacer una lectura crítica de los resultados devueltos por una búsqueda online.
Pensar y comprender son habilidades básicas para la vida hoy y lo serán mucho más en el futuro. Enseñarles el valor del esfuerzo podrá determinar la diferencia entre que sean personas genuinamente exitosas y felices, o autómatas incapaces de discernir.

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