viernes, 19 de abril de 2024

Ese jíbaro proceso de la crítica y el periodismo

La profesionalización de la crítica no pasa por un academicismo a ultranza, sino por una vocación de servicio que se adentra en los más recónditos elementos…

Mauricio Escuela Orozco en Exclusivo 14/02/2024
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Periodismo y crítica
El periodismo cultural no solo es la nota que reseña lo que pasó, sino el criterio ágil del autor quien, sin demorarse en detalles que no son la esencia, tiene que aportar un acercamiento rápido al suceso

El periodismo cultural no siempre posee la altura de la crítica de arte y se suele confundir una dimensión con otra dentro de la creación en nuestros medios de prensa. Ambos son necesarios y se superponen. Pueden convivir de hecho. Pero se extrañan en demasía.  Uno carece del vuelo necesario en cuestiones de la técnica para llegar a una impresión en los públicos y la otra está ausente. El periodismo cultural no solo es la nota que reseña lo que pasó, sino el criterio ágil del autor quien, sin demorarse en detalles que no son la esencia, tiene que aportar un acercamiento rápido al suceso. La crítica en cambio puede despacharse un tiempo mayor, ir a lo que se considera el núcleo de una obra, relacionar las significaciones y de alguna forma dictar cátedra. En la unidad entre esas dimensiones de la prensa habrá en algún momento el equilibrio que hoy se requiere en los medios cubanos.

De los que cultivamos el periodismo cultural se puede decir mucho, pero sobre todo que no accedemos a todo el universo de la creación de nuestro país. Por razones obvias materiales se nos hace dificultoso tener a la mano un catálogo esencial de los aportes y las actualizaciones. El arte se torna jíbaro y de cenáculos, pierde los contornos y no se manifiesta a partir de hechos duros, sino de una forma más sutil y variable. Por eso, seguir enfocando esto desde la visión romántica del suceso solo va a echarnos en un vacío del cual no se sale con facilidad. El periodista cultural no puede mirar hacia el arte como lo hace un comentarista de deportes con un juego de béisbol. Muy al contrario, lo que más nos interesa del arte es lo que no vemos y para ello requerimos de la ayuda del cronista, del que reseña, del que se acerca con una manera más profesional. A la prensa se debe ir no a buscar lo obvio, sino lo que sea diferente.

 

Pero ¿qué pasa con la crítica de arte? A medio camino entre la academia y los estudios semióticos y de lingüística y el propio periodismo, este jíbaro puede estar presente lo mismo como un género en sí que como un añadido al periodismo cultural. Tendría que poseer la ubicuidad de una especie de ente y aparecerse en todo momento, con ese poder que la caracteriza. Pero en la prensa cubana la crítica se muestra ausente y ello predetermina un estadio de lucha de todos contra todos que requiere del poder no constituido del criterio. Había hasta hace décadas una escuela que disponía no solo de especialistas, sino de periodistas capaces que se habían pulido en el ejercicio. Pero tras el relevo de los tiempos ha habido una factura nada desdeñable. Y hoy no solo se extraña aquel personal, sino que no sería posible en los registros actuales que el arte se diseccione como antaño. Hay un fluir que no cesa y que tiene que ver con el nuevo consumo de las redes sociales y de la cultura destrozada de una postmodernidad que ya no se puede contener. Nada se rige por un logos centrado que pueda retenerse en la retina del crítico, sino que nos es dable unirnos al caos de la obra de arte o simplemente no consumirla. En ese universo se ha deconstruido la figura del crítico que ya no es un árbitro de la belleza, sino una voz más que, aunque posea conocimientos, no va a ser más determinante que los likes, los compartidos y los posicionamientos. En ese desmadre en el cual el consumo lo dicta todo, resulta indefinible la función de quien analiza, propone e intenta un acierto. Por ello, nuestros medios no han logrado posicionar una crítica, porque tendrían que asumir el cambio de narrativa que imponen las redes y darles un vuelco a las dinámicas de producción de sentido.

 

El periodismo cultural se ha quedado a la zaga de un mundo globalizado que no permite que el acontecimiento se solidifique o sea que se establezca como tal en el panorama de las artes. Cuando pasa algo, ya lleva implícito su némesis y su muerte. La dimensión entre lo que es nuevo y lo que envejece es cada vez más reducida y el periodismo no puede trabajar con las categorías tradicionales que pautan el valor de una noticia. Hay que ir a la profundidad y nutrirse de las cuestiones más críticas. No es posible dar una visión de detalle, pero sí una del movimiento del conjunto. Ya no estamos en los momentos en los cuales eran reconocibles el autor y su idea, sino en una era en la cual las cosas son tan nimias que ni siquiera aspiran a aparecer en la prensa. Entonces cuando se va al concierto o se reseña la exposición solo se está mirando hacia un lado del espectro de las luces del arte y por ende se deja en entredicho y en la oscuridad alguna porción de la vida. El periodismo no es objetivo y no puede serlo por definición mucho menos en cuestiones del arte. La subjetividad humana está desplegada por encima de los procesos de selección y de pauta de lo que los medios y los reseñistas consideran. En ese camino, no solo en Cuba existe una crisis de este género, sino en los más encumbrados periódicos del mundo en los cuales puede leerse bajo la etiqueta de “crítica de arte” un artículo donde el autor descalifica a una obra porque no cumple con su cuota de género o de raza, como si ello definiera la calidad o el propósito de dicha propuesta.

 

¿Qué podemos dejar en este campo de batalla para la crítica? Vertida en los medios más disimiles y bajo ataque siempre, díscola, sin la conformación profesional que le tocaría; la prosa que desmonta, que deconstruye y que se adentra en los procesos no siempre es bienvenida. Están mucho mejor determinados cenáculos sin tal escollo que los jerarquice, que establezca cotos y que mida las pautas y los pesos. En el discurso de las artes entonces está prevaleciendo una forma toscamente elaborada de tasar las cuestiones más normativas. Se trata de las decisiones de quienes ocupan un puesto en una galería o una dependencia del Ministerio de Cultura. Pero eso en el mediano plazo significa que tendremos un arte ante nuestros ojos al cual no podremos decodificar ni con el cual dialogaremos. El crítico resulta una especie de traductor que destraba las fuerzas espirituales, que son las cuestiones más producentes de las artes. Pero sin esa figura se va deformando el ejercicio profesional y todo lo que de ello se deriva.

 

En Villa Clara se está conformando desde hace tiempo un proyecto que apuesta por una participación interesante en el concepto de la obra de arte. Se trata de Dentro del Juego, una especie de parodia de los movimientos de la vanguardia, que no aspira a otra cosa que a una búsqueda de sentido escamoteado. Pero sin el acompañamiento crítico ese momento de la creación puede quedar sin diálogo, o sea mudo y ciego. No es que se pondere el ejercicio profesional, sino que resulta esencial al menos el megáfono especializado que posea la sensibilidad suficiente. En tal sentido, no debe primar la tosquedad ya evidenciada en el manejo del sector del arte. ¿Hay suficiente prensa responsable que participe en estos procesos de creación de sentido en las provincias? ¿Cuántos periodistas han ido a las performances de Dentro del Juego? La profesionalización de la crítica no pasa por un academicismo a ultranza, sino por una vocación de servicio que se adentra en los más recónditos elementos.

 

El consumo nos quita y nos da sentido, es ese acto de desacralización el momento más brutal de las artes. A ello debemos ir con la sutileza de quien opina desde la sabiduría. Y jamás perder de vista la transitoriedad y la muerte.


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Mauricio Escuela Orozco

Periodista de profesión, escritor por instinto, defensor de la cultura por vocación


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