El 10 de octubre de 1913, mediante un decreto presidencial, se autorizó la creación de una medalla que inmortalizara en metal la efigie de José Martí. Esta pieza, destinada a honrar la labor de los emigrados revolucionarios, fue el preludio de una decisión mayor: acuñar, en 1915, las primeras monedas nacionales con el busto del Apóstol. A simple vista, podría parecer un acto de justicia patriótica, un homenaje natural al héroe fundador. Sin embargo, al examinar este episodio a la luz de la historia, se revela no como un gesto de soberanía, sino como una metáfora perfecta y dolorosa de la República neocolonial.
Aquellas monedas, nacidas tras trece años de una independencia condicionada, eran un objeto de bella contradicción. Por un lado, el anverso exhibía el perfil sereno de Martí, el hombre que soñó con una república "con todos y para el bien de todos". Por el otro, la realidad económica y política grabada en su reverso que contaba una historia distinta. El sistema monetario se basaba en el patrón oro y, de manera crucial, la ley concedía a la moneda estadounidense un curso legal paralelo, convirtiendo al peso cubano en un apéndice subsidiario del dólar. La efigie de Martí, pues, circulaba tutelada por la potencia que él mismo había denunciado como el mayor peligro para la independencia de Nuestra América.
La paradoja se profundiza con el destino de las propias monedas. Las piezas de oro con el busto de Martí, tuvieron una vida efímera en la circulación cubana. El gobierno, temeroso de las leyes económicas, no las emitió masivamente; luego, el mercado mundial del oro las succionó fuera de la isla durante la Primera Guerra Mundial, desoyendo todos los controles oficiales. Fueron un tesoro que nunca llegó a ser del pueblo, un capital que escapó en silencio, reflejando la fuga de riquezas y la dependencia estructural que caracterizó el período. Mientras, las monedas de plata y níquel, las de uso cotidiano, carecían de su rostro, sustituido por una "Estrella Radiante". Martí, en la práctica circulante, estaba ausente.
Este proceso numismático es un microcosmos de la primera mitad del siglo XX cubano. La imagen del héroe fue oficializada, institucionalizada y puesta a circular, pero vaciada del contenido radical de su pensamiento antiimperialista y de justicia social. Su presencia en el metal fue un reconocimiento formal, incluso estético, pero al mismo tiempo una domesticación. Lo colocaron en el lugar más visible de la moneda mientras se construía un sistema económico que negaba los fundamentos de su proyecto de república.
Con los años, las monedas de oro con Martí desaparecieron físicamente, atesoradas en colecciones o exportadas, y su efigie se fue borrando de la numismática cotidiana. Su recuerdo, como la medalla original, quedó guardado en los hogares de los viejos luchadores, como una reliquia del pasado más que como un símbolo vivo del presente.
Es una lección objetiva sobre cómo los símbolos patrios pueden ser empleados para enmascarar realidades contrarias a su esencia. La República que puso a Martí en una moneda subordinada al dólar traicionaba, en los hechos económicos, el principio martiano de la independencia total. La moneda, ese objeto que pasa de mano en mano, fue el espejo más claro.

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