Llevo varios minutos observándolos sin pizca de disimulo. Al principio inflaron su sonrisa y realzaron sus gestos de pasarela. Luego me miraron de reojo, como pidiendo tregua a mi indiscreción. Su incomodidad es evidente, pero no tienen a donde ir, ni yo tampoco, y me da pereza elegir otras “víctimas” para estos siete minutos de travesía marina.
Como la conexión es mala y el paisaje ya no me aporta novedad, me entretengo en estudiar sin pudor a los pasajeros: disfruto cavilar sobre lo que proyectan tan variados sujetos de cuatro o cinco generaciones que suelen coincidir en este medio de transporte público, uno de los pocos regularmente activos en la capital.
Desde que me monté me fijé en esos tres jovencitos: dos varones y una chica (creo). Primero, porque su facha me recordó una caricatura de Jojo sobre el riesgo de usar tantas argollas y piercings, segundo, por su ambigüedad genérica, y tercero por su dinámica, intencionalmente descarada.
Los tres llevan pelo corto y despeinado de diversos colores, ropa amorfa, botas sin acordonar, ojos delineados… sus manos y bocas hurgan en los otros cuerpos a diestra y siniestra: pellizcos, nalgadas, roces, mordidas, griticos, lengüetazos…
Ahora les molesta mi escrutinio, pero si el show es gratuito, ¿por qué no aprovechar? Además, a esta distancia no distingo los tatuajes y en serio me gustaría distinguir qué mensajes llevan, a ver si entiendo de qué van sus payasadas.
De pronto salta mi alarma feminista: ¡Ey, tú, respeta sus derechos a vestir y actuar como les dé la gana! Pestañeo, ante esa verdad… pero no dejo de provocarlos con la vista.
Mi instinto maternal pregunta: ¡¿Qué tienen en la cabeza para caer en tales excentricidades?! Mi entrenamiento profesional sabe la respuesta: ¡La causa está en lo que no tienen aún! En verdad casi nunca actúan por malicia: sólo hacen todo tipo de tonterías mientras exploran y construyen su propia identidad…
La materia gris no termina de formarse hasta los 25 años, así que la función de límite en la corteza prefrontal adolescente es como una actualización de Android en un área sin cobertura para descargarse… y en algunos casitos parece que tarda más.
¿Por qué entonces me mortifico con el espectáculo de esta trieja andrógina? Hago un rápido cálculo mental: la primera mitad de mi vida transcurrió en el siglo XX y es lógico que muchas emociones sigan condicionadas con viejos esquemas y resabios, aunque mi intelecto se haya expandido tanto en esta segunda mitad vivida en el XXI.
¡Ni que les hubiera maldecido con mi impertinente reflexión! A punto de atracar en el muelle de Luz, uno de los chicos hace un movimiento de cabeza que pretende ser elegante (vano intento de “farmear aura”, al parecer) y el piercing de su ceja se engancha en la argolla de la nariz del otro.
Los siguientes segundos parecen un video surrealista de IA: la chica salta al embarcadero sola y rompe a reír, nerviosa. La cara de los implicados enrojece de susto y vergüenza. La gente les pasa por el lado como dudando: ¿será este el colofón intencional del performance que nos impusieron antes? Un par de chistosos graba la escena con sus celulares, sin el más mínimo respeto a la privacidad de los implicados.
Una señora intenta calmarlos. Les hace bajar los brazos, acomoda sus caras y logra deshacer el entuerto con el menor dolor posible. Para mayor felicidad, sin perder las diminutas prendas ni sus cierres. Al final les suelta un sermón sobre el autocuidado y el autorrespeto.
Mentalmente doy gracias porque mi hijo no se dejó tentar en la pubertad por esa moda de la autoagresión exhibicionista. Hay tantos casos de chiquillos con desgarros e infecciones crónicas en la piel u otras zonas hipersensibles; marcas irreversibles, cirugías de emergencia, deformaciones…
El trío sale del muelle reviviendo en voz alta la aventura. Ríen, gritan, exageran. Una pareja de edad similar se les une, y sin pudor comparten su reciente hazaña: “¡Eso no es nada, bro! Mi novia y yo, tusabe… allá abajo… y el otro día un par de Chakas… el malecón… y entonces…”.

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